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Colonia del Sacramento es la primera y más antigua ciudad de Uruguay. Fundada hacia 1680 por el Almirante Manuel Lobos sobre la ribera norte del Río de La Plata, conserva su arquitectura de una manera tan sorprendente que visitarla es convertirse en un turista de la historia.

Hacia 1680 el por entonces gobernador de Río de Janeiro Almirante Manuel Lobos fundó Colonia del Sacramento, a pocos kilómetros al sureste de la confluencia del río Uruguay y del Río de La Plata, a 177 kilómetros de lo que hoy es Montevideo y que por entonces no era nada.
Colonia se emplazó sobre el cabo que forman las puntas de San Pedro y Santa Rita -casi frente a Buenos Aires- por voluntad de dominio: la Corona de Portugal, de la que Río de Janeiro dependía, reclamaba esas tierras como propias y lo mismo hacía la de España; el lugar además era ideal para intervenir en el comercio marítimo que el puerto de Buenos Aires empezaba a liderar.
Durante largo tiempo portugueses y españoles se disputaron la estratégica ciudad. Dicen que pisar su casco histórico es estar presente en el escenario de esas disputas. De hecho, el plano de este casco es de origen portugués y no se ajusta al estándar prescripto por la Corona española para sus dominios de ultramar. Luego, entre arrebatos y devoluciones, el casco sufrió la influencia del estilo español y es el resultado singularísimo de esa fusión y sobreimpresión de estilos lo que llevó a la UNESCO a declararlo Patrimonio Histórico de la Humanidad en 1995.


Por supuesto que Colonia, capital del distrito homónimo, no se agota en su casco histórico; tiene también hermosas playas, bares y hoteles para todos los bolsillos. Aquí un recorrido por las maravillas colonienses.
El barrio histórico puede y debería recorrerse a pie porque en cada calle hay algo para ver, comenzando por las fachadas de las casas. Pero si de monumentos y sitios históricos se trata, es obligado visitar:
La Puerta de la Ciudadela, también conocida como Puerta de Campo, construida totalmente en piedra (al igual que la muralla que permite atravesar) en el año 1745 por orden del gobernador portugués Vasconcellos.
La Plaza Mayor, cuya función fue primero albergar ceremonias militares y que sirvió luego para fusilar a los prisioneros capturados durante la Guerra Grande. Aunque se conserva en buen estado, en el siglo XX hubo que practicar un pasaje para poder recorrerla sin deteriorarla y esto alteró levemente su fisonomía. Alrededor de la Plaza Mayor hay una gran cantidad de bares y restaurantes en los que se puede parar a tomar algún trago o degustar un plato de cocina tanto típica como internacional. Durante la noche la plaza se enciende y los pubs embelesan a la gente con su música hasta la madrugada.
La Iglesia Matriz o Basílica del Santísimo Sacramento, a pesar de haber sido reconstruida en varias ocasiones, se le considera la iglesia más antigua de Uruguay. Se halla a un costado de la Plaza Mayor. Originalmente fue un modesto rancho construido en el mismo año de la fundación de la ciudad. El edificio llegó con pocos cambios hasta nuestros días si lo consideramos a partir de su concreción entre los años 1808 y 1810, aunque tuvo que ser reconstruido entre 1836 y 1841 debido a que un rayo impactó en sus muros. Conserva la concepción original de una sola nave rodeada por capillas laterales con muros portugueses de mampostería de piedra y de ladrillo, y cubierta con bóveda de cañón.
La calle de los suspiros es una de las más afamadas por su excepcional estado de conservación, lo que motivó que varias películas de época se filmaran allí. Es una peatonal angosta y pavimentada de piedras de cuña a cuyos lados se ven pintorescas y antiguas casas. El nombre parece deberse a que allí se alzaban los burdeles en los que los marinos de ataño suspiraban por la compañía de una dama.
Los museos son muy numerosos: el Museo Municipal, la Casa Nacarello, la Casa del Virrey, el Museo Portugués, el Museo Español y El Archivo Regional son sólo los más visitados, pero es el Museo del Azulejo el que por su originalidad se lleva todas las palmas: la enorme variedad de azulejos que allí se exhiben permiten entender la inmigración que recibió Colonia desde su primera fundación portuguesa. Jorge Páez Vilaró vivió allí y donó parte de su colección entre la que se destacan azulejos franceses, españoles y portugueses de los siglos XVII y XVIII.
El Faro comenzó a construirse en 1855 sobre las ruinas de una de las torres del antiguo convento San Francisco Xavier y se puso en funcionamiento a partir de 1857. Tiene 34 metros de altura y desde allí pueden verse las hermosas playas de la ciudad, muy concurridas durante el verano.
Ya fuera del casco, a pocos minutos de Colonia, puede visitarse la plaza de toros Real de San Carlos, construida en 1908 por iniciativa de inversores argentinos radicados en Buenos Aires, donde las corridas de toros estaban prohibidas. La plaza posee una arena en forma circular y una tribuna que la envuelve con grandes arcos de herradura que se repiten a lo largo de su recorrido, típicos de la arquitectura mudéjar. Allí se dirigían las familias más adineradas de Montevideo y de Buenos Aires hasta que en 1912 el gobierno uruguayo decidió poner fin al espectáculo.
En resumen, a Colonia se puede llegar cómodamente desde Buenos Aires y en poco tiempo (en barco, por ejemplo, se tarda una hora). Allí el viajero encontrará además de la belleza del paisaje, de excelentes hoteles y de una gastronomía a la altura de las circunstancias, la calidez típica de los uruguayos y varios siglos de historia.~

Textos: Soledad Franco
Fotos: Laura Maiori

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